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Sapere aude!

Filósofos en tiempos de crisis.

Hay una especie de creencia popular según la cual la filosofía no debe de interesarle hoy a mucha gente, mucho menos a los estudiantes de ESO o Bachillerato, más ocupados en hacer realidad las expectativas que la sociedad deposita en ellos que en desarrollar, en uno de los mejores momentos de la vida, la mejor parte de lo que nos ha tocado como humanos: el intelecto. Desarrollo que en ese momento se lleva a cabo con el aprendizaje de lo mejorcito de la cultura. El noble propósito de ilustrarse, de salir de la minoría de edad se encarga de aniquilarlo una sociedad de por sí infantilizada con efectiva minuciosidad. Sin embargo, muchos de estos jóvenes logran prestar atención a lo que se les dice en clase (que no es poca cosa,) comprenden los razonamientos de muchos filósofos sobre muchos asuntos y llegan a generar un espíritu crítico.

A pesar de lo mucho que nos empeñamos los adultos en inventar fantasías sobre la adolescencia y hacérselas creer a los jóvenes, algunos de ellos logran escapar de estas redes y muestran un insospechado interés por el saber, quizá haciéndole caso a aquella opinión de Aristóteles de que todos deseamos por naturaleza conocer, no sólo los misterios de la noche de marcha, los devaneos de los famosos o las divagaciones de nuestro político favorito, sino lo que hay detrás del deseo de divertirse, de las relaciones personales o del afán de poder.

            La mayoría de las obras de Platón son diálogos, es decir, conversaciones entre amigos. Normalmente el que lleva la voz cantante es el maestro de Platón, el bueno de Sócrates, quien curiosamente no escribió nada. Cuentan que incluso llegó a decir una vez al leer una obra de Platón:”¡Pero cuántas tonterías me hace decir este muchacho!” El caso es que Sócrates se encuentra con unos y con otros y les tira de la lengua pero no para preguntarles sobre el vecino, sino para ver qué es lo que piensan de cosas todavía más íntimas como el hacer justicia.

En una de las obras maestras de la filosofía, La República, Platón se pregunta cómo sería un Estado perfecto. En realidad empieza preguntándose cómo debería ser el alma de alguien justo, o sea, cómo debemos ser para ser buenos.

En un principio, Platón dice que quizá un Estado perfecto sería un pequeño Estado autosuficiente, una especie de sociedad agroganadera que produjera lo justo para garantizar su propio sustento. El que habla así es Sócrates, sin embargo, uno de los amigos con los que está conversando le reprocha que eso sería un Estado de cerdos y que hay que pensar en un Estado capaz de producir lujos, lo cual cambia totalmente el rumbo de la conversación.

Al final, como suele suceder en las obras de Platón, la cuestión queda sin resolverse. Los viejos filósofos griegos se preguntaban cosas de este tipo: ¿qué es el bien? ¿qué es la felicidad? ¿qué es la justicia? e intentaban contestarlas en medio de un mundo que se hundía debido a la corrupción y la mediocridad políticas.

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