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Sapere aude!

Kant y las excusas fáciles.

Kant y las excusas fáciles.

El Instituto es un sitio sorprendente, siempre ofrece oportunidades para reflexionar (recordad que la admiración es el origen de la filosofía.) Cuando parece que la Filosofía debería estar dictando sus últimas voluntades y preparándose para una muerte digna, la realidad nos demuestra que tiene una mala salud de hierro y que los viejos filósofos muertos están mas vivos que nunca. Vamos a ver qué nos dice Kant hoy.

Hay varios días del calendario escolar que los alumnos de 4º de ESO y de cualquiera de los cursos del Bachillerato se toman como si fuesen vacaciones, por el mero hecho de que están cerca de ellas y de que ya se han hecho los exámenes, acontecimiento considerado la meta de cualquier trimestre y que una vez alcanzado marca el inicio de una nueva etapa: el olvido. Estos días son las jornadas previas a las vacaciones de Navidad o de Semana Santa. Esta costumbre -a pesar de ser una tradición cuyo origen se confunde con el principio de los tiempos- es poco razonable, porque la educación no es sólo prepararnos para un examen, sino hacernos conscientes de la importancia de la responsabilidad que todos tenemos como parte de una sociedad, como individuos que construyen su vida en ella y esas otras cosas ante las que respondéis con ese gesto de la cabeza medio agachada medio inclinada.

Como quiera que sea, lo que resulta sorprendente es la excusa que se da para faltar esos días; esta es su fórmula: “si no va a venir nadie.” Esta sencilla frase condensa una de las excusas más perfectas que podamos imaginar. La forma completa es así: “No voy a venir a clase porque no va a venir nadie (si no, sí que vendría.)” No es por llevar la contraria, pero a mí me parece que la frase debería ser al revés, es decir; en lugar de “no venimos porque no va a venir nadie,” se tendría que decir: “no va a venir nadie porque no venimos.”

La excusa es fácil, tiene una efectividad más que contrastada y además es atractiva. Veamos: es fácil porque apenas cuesta aprendérsela, ha demostrado su eficacia en innumerables ocasiones para solicitar o justificar los horarios nocturnos de las juergas juveniles (la fórmula es: “si todo el mundo se queda hasta las seis”), por último, aunque quizá sea lo más interesante, es atractiva porque nos quitamos la culpa de encima y se la echamos a los de siempre: los otros. La excusa sería perfecta si no fuera por un detalle, es una falacia, porque los otros somos nosotros mismos, ya que todo el mundo utiliza la misma excusa.

Decía Kant que las personas se caracterizaban por su autonomía, que es la capacidad de poder tomar decisiones propias ¡y hacerlo! Esta capacidad nos diferencia del resto de los seres que, simplemente, no hacen eso. La lluvia, el viento del sur y el regreso de las golondrinas responden a otras razones. El bueno de Kant pensaba que actuar de forma autónoma era señal de que se ha llegado a la mayoría de edad, de que uno se atreve a pensar por sí mismo, de que se tiene criterio, de que se es dueño de uno mismo. Él decía que actuando autónomamente se dejaba atrás la heteronomía, es decir, el guiarse por las opiniones ajenas sin interiorizarlas. También creía que su época, la Ilustración, era la época de dejar atrás la minoría de edad de la humanidad y el comienzo de una nueva etapa donde las personas se atreviesen a pensar por sí mismas. Me imagino al bueno de Kant en el Instituto viendo cómo los alumnos mayores toman una decisión en contra de las normas más elementales de la educación como es el venir a clase y que además se justifica diciendo que se hace eso no por voluntad propia, sino “porque no va a venir nadie.”

Dejemos, por último, que hable él: “La Ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad. Él mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la Ilustración.”

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