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Reflexiones.

Cosas que no te llevarías a una isla desierta

Cosas que no te llevarías a una isla desierta

1. ¿Qué tres cosas te llevarías a una isla desierta? Esta típica pregunta adolescente levanta opiniones de todo tipo, desde las del aventurero precavido que aboga por una navaja suiza, cerillas y pastillas potabilizadoras a aquéllas del hedonista radical, que se imagina la isla como un paraíso tropical donde pasar unos días entretenidos con la hermosa compañía de alguien con las hormonas tan activas como las propias.

El caso es que la pregunta es tan abierta que prácticamente carece de sentido. No sabemos en qué latitud se encuentra la isla, si la naturaleza la ha dotado de cursos de agua potable, de plantas comestibles que sepamos reconocer, de animales que supongan un peligro o no para nosotros o, sencillamente, si tiene cobertura de algún tipo de teléfono móvil o si se permite elegir un barco con un equipo moderno de navegación. Factores que sin duda influirían en las cosas que decidiríamos llevarnos.

Como quiera que sea, se puede formular otra pregunta parecida pero cuyas respuestas son mucho más interesantes: ¿qué no te llevarías a una isla desierta? En este caso, hay una respuesta que resulta obvia y sorprendente: dinero. El dinero, las tarjetas de crédito, las obras de arte... todo este tipo de cosas carecerían de sentido en una isla donde no hubiese nadie, lo cual indica que son las cosas (o los objetos simbólicos) más sociales que existen. Valen en cuanto se dan en una sociedad que les otorga valor pero no nos valdrían para nada allí.

Si formulásemos la respuesta de la primera pregunta de otro modo diríamos que entre las tres cosas que uno se llevaría a una isla desierta nunca se encuentra el dinero, lo cual da que pensar.

2. En su Ética a Nicómaco, antes de pasar al análisis de la felicidad Aristóteles realiza una crítica a algunas de las nociones que tenían sus contemporáneos sobre esta idea. Una de estas nociones es la que identifica la felicidad con la posesión de dinero. La argumentación de Aristóteles es que si bien el dinero es necesario, puesto que hay que tener cubiertas las necesidades básicas de la vida para ser feliz, no es suficiente, puesto que es un hecho de experiencia que mucha gente rica no es feliz.

El argumento aristotélico parece dejar, no obstante, la puerta abierta a la idea de que a pesar de ser necesario aunque no suficiente, el dinero es siempre deseable socialmente. Sin embargo esto tampoco parece ser cierto. 

3. Imaginemos que por un capricho inescrutable de la fortuna al lector y a un desconocido que se cruza en ese momento por la calle se les presentara un genio con la siguiente propuesta: "os entrego un millón de euros que debéis repartir, la condición para que el reparto se dé es que el desconocido proponga una partición, que puede ser como él desee. Si tú lo aceptas cada uno se quedará con la parte que el desconocido haya propuesto, si no aceptas haré desaparecer el dinero"

Alborozado por tal oportunidad esperas que el desconocido haga el reparto con la sorpresa de que el muy ingrato dice "Propongo quedarme yo con 999.900€ y tú con 100€"

La propuesta es buena para ti, ya que antes de esto no tenías nada y con el reparto vas a ganar sin ninguna inversión 100 euros, pero... ¿la aceptarías?

La mayoría de la gente no aceptaría un reparto de este tipo (conocido como dilema del ultimátum). Hay algo subterráneo y al mismo tiempo muy importante en la decisión de no aceptar un reparto tan desigual. A pesar de la importancia del dinero, evitamos la falta de reciprocidad si tenemos la oportunidad de hacerlo. Tal vez no estamos dispuestos a que un desconocido pueda tener un poder tal y lo castigamos. Aunque nosotros salgamos algo perjudicados, el beneficio de que no se produzca una enorme desigualdad es más beneficioso que aceptar el dinero.

La imagen se ha tomado de esta web.

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Duchamp, Umberto Eco y el baile del chiki chiki

Duchamp, Umberto Eco y el baile del chiki chiki

1. En 1017, Marcel Duchamp expuso en el Museo de Arte Moderno de Nueva York un urinario. Para muchos éste fue el comienzo de una nueva etapa en el arte, de hecho en 2004 la pieza fue elegida por más de 500 críticos como la pieza más influyente del arte del siglo XX. La decisión del artista era la fuerza que dotaba al objeto de gracia estética. Curiosamente, la transmutación del arte pasaba por consagrar con un crisma redentor al artista, ofreciendo una paradoja irresoluble: antes para ser artista había que conseguir una obra de arte, ahora para que algo sea una obra maestra ha de ser propuesto por un artista, pero... ¿quién es artista?

Tras la aparente originalidad y el fuerte aspecto personal de dotar a un urinario de un valor artístico no se encuentra una persona aislada, sino una sociedad capaz de valorar la ocurrencia y, en no pocas ocasiones, capaz de generar un suculento mercado de vender tales ocurrencias.

2. En dos libros distintos, Historia de la belleza e Historia de la fealdad, Umberto Eco realiza un repaso histórico de estos dos conceptos estéticos. El primero es el concepto clásico, el segundo ha sido mucho menos tratado por los teóricos. La reflexión de Umberto Eco parte de la sentencia atribuida a Jenófanes de Colofón según la cual: "si los bueyes, los caballos y los leones tuviesen manos, o pudiesen dibujar con las manos, y hacer obras como las que hacen los hombres, semejantes a los caballos el caballo representaría a los dioses, y semejantes a los bueyes, el buey, y les darían cuerpos como los que tiene cada uno de ellos". Para él la historia de la fealdad es mucho más interesante que la de la belleza, puesto que los conceptos se acaban entremezclando y todo es mucho más complejo de lo que parece.

3. La infancia es una época preilustrada (lo cual no quiere decir que la edad adulta sea obligatoriamente ilustrada) y entre los rasgos preilustrados de la edad infantil se encuentra cierto inocente patriotismo que en muchos de nuestros contemporáneos se exacerbaba en ocasiones tan dispares como los Mundiales y Eurovisión. En este último caso la emoción se centraba en unas pocas horas, en las que el orgullo patrio se inflamaba ante las caprichosas votaciones de países tan desconocidos y exóticos como Guayamuní. Fantástica nación que con el tiempo identificamos con Inglaterra y más adelante (gracias a la inestimable labor educativa del 1, 2, 3) con el Reino Unido.

Este año, por aclamación popular, será El baile del chiqui chiqui la canción que competirá frente a rivales tan temibles como Lituania, Letonia y Estonia, cuyos gustos musicales son tan coincidentes como recíprocos; o Turquía, lugar donde con ocasión del festival surgen canciones muy apreciadas por el público germano aunque no se dé la misma situación a la inversa.

En este escenario se presenta el baile del chiki chiki, una ocurrencia graciosa y provocativa que tal vez mueva a la sonrisa, pero también permite la reflexión. Después de tomarse tan en serio el festival en distintas ediciones, esta vez el público ha decidido tomárselo a broma y participar aportando una ocurrencia sin más pretensiones. Sin embargo, ¿cómo reaccionará la crítica? ¿se producirá el relativismo que preconiza Jenófanes o por el contrario se convendrá que su hallazgo es similar al de Duchamp?

 

Peligro de extinción

Peligro de extinción

Leí hace un tiempo en una entrevista a un ornitólogo que en Extremadura había más águilas imperiales casi que gente interesada en verlas. La frase me parece de una tremenda agudeza y me lleva a pensar si no le sucede algo parecido a nuestras capacidades. ¿No tenemos más capacidades de las que estamos interesados en cuidar? Y, del mismo modo, me lleva a preguntarme si no le pasa algo parecido a la filosofía.

Acerca de estos asuntos, una de las opiniones más interesantes que he escuchado sobre la importancia de la extinción de ciertas especies y su relación con la ética provenía curiosamente de un científico. Su planteamiento era el siguiente: si nos debe interesar la extinción del águila imperial o del lince es porque existen en un ecosistema que está directamente relacionado con la vida humana. Son indicadores de nuestra propia supervivencia. Esto debería hacer que nos planteásemos si estamos actuando de modo que nuestra forma de vida siga permitiendo la propia vida humana. Quizá ésta sea una cuestión ética poco popular, aunque fue presentada de forma contundente por Jonas con su principio de responsabilidad.

En el caso de la filosofía, la duda que me surge es si la supervivencia de la disciplina -o al menos de la actitud o de la preocupación filosófica- es o no necesaria… no ya para la pervivencia de una determinada cultura, sino para que se dé la mera posibilidad de un modo de vida ilustrado. Sin duda es posible una sociedad sin filosofía, como es posible una sociedad donde el imperio de la ley sea sólo una expresión. Sin embargo, al igual que el águila imperial, la pervivencia de una mentalidad ilustrada, la convicción de que la dignidad individual es el cimiento de la ética, la creencia de que el Estado debe reposar en una efectiva separación de poderes, el deseo de que se dé una verdadera igualdad de oportunidades junto con una justa ayuda al desfavorecido, la eliminación de las formas establecidas de dominio dogmático y de los sistemas de superstición... cosas de este tipo... me parecen dignas de cuidado.

No sé si convendría preguntarse, parafraseando al ornitólogo, si en nuestra sociedad no hay más ideas interesantes casi que gente con tiempo para pensarlas.

(Por cierto, el nombre científico del águila imperial ibérica no es ya Aquila heliaca adalberti, sino Aquila adalberti. Al haberse comprobado que están más separadas genéticamente de lo que se pensaba son consideradas especies -no subespecies- distintas.)

La vida de las ideas

La vida de las ideas

Extraña vida la de las ideas. Surgen de las mentes de los individuos y llegan a sobrevivirlos. Apelando a ellas a veces se llega a acabar con otras vidas o a perder la propia, y en muchas ocasiones se esgrimen para limitar el nacimiento de otras ideas. Esto las convierte en algo más paradójico aún, puesto que llegan a restringir la libertad de aquello que las hace posible y pueden llegar incluso a eliminarla no en un sentido meramente metafórico, sino físico.

 

Dentro de las ideas hay una clase muy especial que son las ideas científicas. De algún modo se presentan como un modo de entender la realidad, pero no un modo cualquiera, sino un modo que trata de averiguar metódicamente cómo está organizada la realidad física y que cuenta con resultados objetivos y contrastables.

 

La filosofía es un estilo de pensamiento, un complejo conjunto de ideas sobre las ideas que ha cobrado una peculiar forma de vida en el diálogo que han mantenido entre sí cientos de individuos desde hace siglos. En nuestra mente perviven ideas socráticas, platónicas, aristotélicas, kantianas… que modifican a muchas otras y que a su vez podemos modificar.

 

La Ilustración fue un periodo en el que hombres y mujeres excepcionales (sin ánimo de ser políticamente correcto) concibieron un conjunto de ideas capaces de funcionar como criterio crítico de muchas otras, realizando una eliminación sistemática de aquellas ideas relacionadas con las supersticiones, los prejuicios, los miedos y el dogmatismo y la demagogia.

 

Las ideas ilustradas, como cualquier otra, pueden desaparecer, sin embargo su éxito corre un camino algo distinto al del resto de las ideas. Las ideas científicas tienen vida dentro de su paradigma; mientras éste sea válido, las ideas explican adecuadamente el mundo. Del resto; algunas de ellas saltan de una mente a otra por el atractivo que les otorga el tiempo (las modas), otras cuentan con el poder que da los mecanismos ocultos que la evolución ha dejado en nuestra mente (los miedos, las querencias…) pero las ideas ilustradas no sobreviven más que poniéndose en crítica a sí mismas. No pueden ser meramente una moda, ni apuntar a mecanismos que se sitúen debajo de los racionales (como hacen las ideas demagógicas). Lo más paradójico de todo quizá sea que quien las tiene no quiere que se  conviertan en un mero prejuicio y es consciente de que su transmisión es fundamental no para que sobrevivan por encima de los individuos, sino para garantizar la supervivencia de los individuos por encima de las ideas.

Pérdida de horas de Filosofía.

Pérdida de horas de Filosofía.

Leemos con preocupación que en Madrid y en Cataluña hay sendas propuestas para que la asignatura de Filosofía en 1º de Bachillerato sea sólo de dos horas. En el caso de Madrid la propuesta ha originado el nacimiento de una plataforma que reivindica un lugar digno para la Filosofía en el Currículo.

En Extremadura se está llevando a cabo la elaboración del currículo, para el cual la Consejería de Educación pide aportaciones. Tal vez sería conveniente solicitar que se mantengan las horas actuales si se quiere tener una asignatura con la que se puedan trabajar dignamente los contenidos.

Éste es el correo de la Consejería de Educación donde se pueden hacer propuestas: jsecorde@edu.juntaex.es  Recordad que la fecha límite es el 15 de febrero.

Si alguien quiere compartir sus razones con los demás, por favor, hacédnoslo saber.

Paradojas de la memoria.

Paradojas de la memoria.

Paradojas de la memoria. No somos nada sin ella. Nuestra identidad depende de algo que no llegamos a comprender y cuyos límites desconocemos. Nos asombramos de que haya alguien capaz de aprender miles de decimales de pi o alguien capaz de dibujar de memoria una ciudad. Todos querríamos poder recordar más y sin embargo quizá para poder pensar quizá también sea necesario el olvido.

Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera.

Así empieza un famoso cuento de Jorge Luis Borges titulado Funes, el memorioso. En este cuento Borges narra la historia de un hombre que tiene una memoria prodigiosa, hasta tal punto que no olvida absolutamente nada de lo que ve (o quizá sería mejor decir de lo que vive) de manera que para recordar un día cualquiera necesitaba otro día completo. Al final Borges acaba llegando a una terrible conclusión: Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.

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Mujeres de verdad.

El concepto de belleza ha cambiado a lo largo de la historia. Los pitagóricos y los platónicos, sin embargo, opinaban que por mucho que cambiase el gusto (entre personas o entre épocas), debía haber algo común entre todas las cosas que llamamos bellas. Hay una esencia que está presente en todas esas cosas y que hace que nos resulten hermosas. No importa cuánto cambie la gente o la sociedad, siempre habrá algo común entre los edificios bellos, entre los cuerpos considerados hermosos, entre los rostros bonitos, etc. ¿Quizá el número áureo?

El caso es que el Ministerio de Sanidad ha elaborado un informe donde no tratan de encontrar el canon ideal de belleza femenina, pero sí al menos saber cuáles son las medidas reales de la población femenina de España, con el fin de ajustar el tallaje a estas mediciones. El informe concluye diciendo que más del 85% de las mujeres tiene un peso saludable, sin embargo un 41% de ellas afirma tener problemas a la hora de encontrar ropa de su talla. Algo no encaja.

Como quiera que sea, hay otro dato curioso en el informe. Las mujeres más satisfechas con su aspecto no son las que se encuentran en el peso ideal, sino las que están algo por debajo de él. La pregunta es obvia: ¿a qué se debe?

Os dejo un vídeo interesante y debajo el enlace de un artículo quizá más interesante.

Blog de Tíscar.

Armarse la de Dios es Cristo.

Armarse la de Dios es Cristo.

El pasaje llamado de los discípulos de Emaús, en el Evangelio de San Lucas (Lucas 24, 13-35), es uno de los textos fundacionales del cristianismo, según el filósofo español José Antonio Marina. Los discípulos tienen la experiencia de que Jesús está entre ellos y entienden que la salvación de la que hablaba no era de los romanos, sino que se trataba de un mensaje de justicia. Esta interpretación la expuso en su libro ¿Por qué soy cristiano? publicado en el 2005 y aunque a muchos puede que no le llame la atención por nada particular, levantó mucha polémica al plantearse junto con otras idesa que incluían de algún modo una nueva visión de la resurrección y al hacer hincapié en la lectura ética del cristianismo, por encima de su mensaje salvífico... y es que parece que la religión siempre da que hablar.

Por razones distintas a las de Marina, en el 2007 el jesuita Juan Masiá tuvo bastantes problemas con un libro suyo titulado Tertulias de Bioética. Manejar la vida, cuidar las personas. Juan Masiá sostenía opiniones éticas distintas a las oficiales de la Iglesia, basadas en una diferente interpretación del mensaje. Bastantes años antes, los libros de un sacerdote católico de origen indio llamado Tony de Mello ya se vendían con un pequeño folio donde se advertía de que las opiniones allí expuestas no se ajustaban totalmente al dogma.

Últimamente (por otros motivos) la Iglesia está teniendo una extraordinaria presencia en los medios de comunicación. Sin ánimo de entrar en ciertas discusiones políticas, puesto que el tema es distinto, os dejo el enlace de un artículo que expone de forma muy breve pero interesante un debate teológico sobre la figura de Jesús.

Las diferentes interpretaciones sobre Jesús en todos sus aspectos: su vida, su naturaleza, su doctrina y su resurrección (o no) ha provocado innumerables polémicas entre creyentes de todas la épocas y también entre no creyentes en la que nos ha tocado vivir.

En este breve artículo del periódico El País podéis asomaros a una polémica clásica que vuelve a nuestros días y que, como suele suceder, toca distintos aspectos religiosos. A pesar de su brevedad es muy interesante. Sucintamente se dice que la publicación del libro Jesús. Aproximación histórica de quien fue durante un tiempo vicario de San Sebastián, José Antonio Pagola, ha levantado bastante polémica. La razón es que la visión que da de la figura de Jesús le parece a otros, como al obispo de Tarazona, cercana al arrianismo. Es interesante leer este comunicado de José A. Pagola en Eclesalia.

El tema de la relación entre la razón y la fe se presenta de nuevo en este caso de un modo muy peculiar.

El arrianismo es considerado una herejía por el catolicismo, y consiste en negar la divinidad de Jesús. La expresión "armarse la de Dios es Cristo" parece que proviene, según algunos, de los recuerdos de las antiguas discusiones sobre el tema.

(El cuadro es La cena de Emaús -año 1600- de Caravaggio. Se encuentra en la National Gallery de Londres)

Homo quaerens

Homo quaerens

El nombre científico que nos hemos puesto a nosotros mismos como especie es de todos conocidos: Homo sapiens (el humano que sabe).

Ha habido autores que han propuesto sobre esta base distintas variaciones, para acentuar un aspecto concreto que nos caracteriza y sobre el que se quiere llamar la atención Homo faber, Homo oeconomicus, Homo ludens, Homo videns...

Sin embargo, me pregunto si el nombre que más nos conviene no es el de Homo quaerens (el humano que pregunta). Sin duda somos sapiens, pero no parece menos cierto que muchos otros animales y especialmente nuestros parientes más próximos también saben muchas cosas. Los bonobos o chimpancés pigmeos (Pan paniscus), por ejemplo, no sólo tienen una compleja red social sino que presentan rasgos que pueden describirse como culturales: son capaces de darle usos nuevos a los objetos creando herramientas rudimentarias.

Nosotros, sin embargo, quizá seamos los únicos seres para los que las preguntas son fundamentales. Nos hacemos preguntas sobre todo lo que nos afecta: quiénes somos, qué nos conviene comer, qué engorda, qué no, qué nos enferma, qué nos cura, cómo hay que vestir, cómo hay que ser, cómo hay que relacionarse. La intrincada red de respuestas que se les ha dado a estas (y a otras muchas) preguntas conforman la cultura. Pero... también hacemos preguntas sobre cosas que no sabemos si nos llegarán a afectar o no, como todas las referidas a lo que podemos llamar genéricamente el más allá.

El filósofo austriaco L. Wittgenstein en uno de los libros más curiosos de la historia de la filosofía, el Tractatus logico-philosophicus decía que había cierto tipo de preguntas que carecían de sentido, ya que remitían a cosas que no pertenecían a este mundo, de tal modo que lo que hacíamos al preguntarnos por ellas era estrellarnos una y otra vez con los barrotes de la jaula del lenguaje. Más adelante, sin embargo, Wittgenstein modificó su opinión ¿por el afán de seguir preguntando?

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Las ciudades.

Las ciudades.

Pensando en cómo debe apañárselas un invidente para hacer las cosas más normales, uno llega a plantearse qué modelo de ciudad tenemos (si es que tenemos alguno). Las poblaciones, sobre todo las grandes pero también muchas hasta hace poco pequeñas, han crecido en los últimos años urgidas por la necesidad de construir nuevas viviendas que se vendían rápidamente y que generaban enormes beneficios. Sin embargo, esta súbita aparición de nuevas viviendas no ha ido acompañada de lugares de convivencia.

No hay duda de que las casas están para vivir en ellas, pero también es cierto que las ciudades son sitios donde se convive, no sólo se coexiste. De este modo, los lugares de encuentro han sido importantes para la humanidad; las modestas plazas y plazuelas, los mercados y otros pequeños sitios han cumplido esta función desde antiguo. Quizá la propia forma de vida actual excluye este tipo de relaciones. La agobiante mirada del vecino en las poblaciones pequeñas incomoda a una nueva mentalidad, que valora más que nunca su intimidad. Decía Kant que la sociabilidad humana se caracterizaba por ser una "sociabilidad insociable" cuya nota principal es el conflicto. Tal vez aquí también sea buena la definición kantiana: necesitamos vivir con los demás, pero hay una parte de nosotros que no quiere verse afectada por los otros. Vivimos con esta contradicción.

Conocemos a mucha gente, sin embargo las relaciones que establecemos son de muy distinto tipo, como es normal. Sin embargo la capacidad de poder tomar decisiones comunes con la gente que conocemos para transformar algo nuestros lugares de convivencia es muy limitada. Por otro lado, el número de personas que podemos llegar a conocer y con los que podemos entablar una relación es probablemente muy inferior no sólo al tamaño de una ciudad mediana, sino al de muchos de sus barrios, máxime si uno trabaja lejos del sitio donde vive.

A pesar de todo, quizás podríamos plantearnos que a falta de espacios físicos, de plazas y mercados, tal vez deberíamos esforzarnos en crear espacios de convivencia simbólicos. Espacios de encuentro de ideas e intereses ciudadanos. Las asociaciones pueden ser estos nuevos espacios simbólicos, donde compartir ideas, emprender proyectos y colaborar por una mejora de la pequeña sociedad que nos rodea.

Filósofos en tiempos de crisis.

Hay una especie de creencia popular según la cual la filosofía no debe de interesarle hoy a mucha gente, mucho menos a los estudiantes de ESO o Bachillerato, más ocupados en hacer realidad las expectativas que la sociedad deposita en ellos que en desarrollar, en uno de los mejores momentos de la vida, la mejor parte de lo que nos ha tocado como humanos: el intelecto. Desarrollo que en ese momento se lleva a cabo con el aprendizaje de lo mejorcito de la cultura. El noble propósito de ilustrarse, de salir de la minoría de edad se encarga de aniquilarlo una sociedad de por sí infantilizada con efectiva minuciosidad. Sin embargo, muchos de estos jóvenes logran prestar atención a lo que se les dice en clase (que no es poca cosa,) comprenden los razonamientos de muchos filósofos sobre muchos asuntos y llegan a generar un espíritu crítico.

A pesar de lo mucho que nos empeñamos los adultos en inventar fantasías sobre la adolescencia y hacérselas creer a los jóvenes, algunos de ellos logran escapar de estas redes y muestran un insospechado interés por el saber, quizá haciéndole caso a aquella opinión de Aristóteles de que todos deseamos por naturaleza conocer, no sólo los misterios de la noche de marcha, los devaneos de los famosos o las divagaciones de nuestro político favorito, sino lo que hay detrás del deseo de divertirse, de las relaciones personales o del afán de poder.

            La mayoría de las obras de Platón son diálogos, es decir, conversaciones entre amigos. Normalmente el que lleva la voz cantante es el maestro de Platón, el bueno de Sócrates, quien curiosamente no escribió nada. Cuentan que incluso llegó a decir una vez al leer una obra de Platón:”¡Pero cuántas tonterías me hace decir este muchacho!” El caso es que Sócrates se encuentra con unos y con otros y les tira de la lengua pero no para preguntarles sobre el vecino, sino para ver qué es lo que piensan de cosas todavía más íntimas como el hacer justicia.

En una de las obras maestras de la filosofía, La República, Platón se pregunta cómo sería un Estado perfecto. En realidad empieza preguntándose cómo debería ser el alma de alguien justo, o sea, cómo debemos ser para ser buenos.

En un principio, Platón dice que quizá un Estado perfecto sería un pequeño Estado autosuficiente, una especie de sociedad agroganadera que produjera lo justo para garantizar su propio sustento. El que habla así es Sócrates, sin embargo, uno de los amigos con los que está conversando le reprocha que eso sería un Estado de cerdos y que hay que pensar en un Estado capaz de producir lujos, lo cual cambia totalmente el rumbo de la conversación.

Al final, como suele suceder en las obras de Platón, la cuestión queda sin resolverse. Los viejos filósofos griegos se preguntaban cosas de este tipo: ¿qué es el bien? ¿qué es la felicidad? ¿qué es la justicia? e intentaban contestarlas en medio de un mundo que se hundía debido a la corrupción y la mediocridad políticas.

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